"Es cierto que la Biblia es nuestro único testimonio de la historia de salvación iniciada con el pueblo de Israel y puesta de manifiesto en la vida y la muerte de Jesús, pero también es cierto que ha sido escrita por hombres y por lo tanto no se trata de textos asépticos, sino que en ellos se enlazan acontecimientos históricos, interpretaciones, convicciones personales de los autores y elementos culturales propios de la época y del lugar. Son siempre Palabra de Dios, pero hechos ala medida y en la medida de hombres. ¿Es entonces posible y legítima una lectura literal de la Biblia? ¿Es posible una lectura de los textos bíblicos con los mismos ojos con que fueron escritos? Simplemente no es factible porque nosotros, los lectores, leemos con los parámetros de nuestro contexto, con nuestro bagaje histórico y cultural, parámetros de los cuales no nos podemos desprender.
En la Biblia se mencionan costumbres, hábitos y prácticas que en su contexto se entienden con total naturalidad y que nosotros en la actualidad no compartimos, como por ejemplo la poligamia (1 Reyes 11,1), la monarquía como forma de gobierno (1 Samuel 8,1-9), la esclavitud (Epístola a Filemón, 1 Timoteo 6,1s), la ausencia de la propiedad privada en la primera comunidad cristiana (Hechos 4,32), las disposiciones que obligan a la mujer a guardar silencio (1 Timoteo 2,9-15), etc. Respecto de algunos temas podemos aceptar nuestro disenso respecto de la Biblia, e incluso justificarlo, afirmando que los procesos históricos han modificado ciertas costumbres y ciertas prácticas. Hay que plantearse entonces si es correcta y legítima una lectura fundamentalista de la Biblia a fin de condenar a la homosexualidad como una práctica contraria a la voluntad de Dios.
Desde el punto de vista bíblico, la respuesta es que las pautas sociales y antropológicas fijadas en un determinado período histórico no necesariamente se corresponden con las de otras épocas, tal como se evidencia en los diversos libros bíblicos. Desentenderse de las propias pautas culturales tratando de asumir una postura ajena al propio tiempo, no deja de ser un intento de forzar un texto, puesto que el texto sólo existe en la medida en que existe un/a lector/a en un determinado momento. No se pueden ignorar los procesos históricos, ni la evolución de la ciencia y de la sociedad, ni tampoco pueden pasarse por alto los cambios en las prácticas culturales de los pueblos.
Se trate de la teología que se trate, el punto de partida del círculo hermenéutico es la realidad del/a lector/a, que con sus convicciones y su carga cultural se confronta con el mensaje bíblico. Se plantea entonces un doble y auténtico cuestionamiento: el lector avanza con sus preguntas e ideas hacia el texto y al mismo tiempo el texto lo cuestiona y lo interpela. A veces, también es cierto, la Biblia no tiene respuestas a nuestras preguntas13. Discutir un tema como la homosexualidad a partir de versículos bíblicos, más que infructuosa, es una tarea inútil. Porque no está en juego lo que dice la Biblia, sino el punto de vista personal de cada parte. En estas discusiones están mucho más presentes las propias convicciones y los prejuicios que el mensaje bíblico como tal, y quererle asignar objetividad a un texto, aunque se trate de un libro bíblico, es una falacia. En estos casos, la Biblia sólo es utilizada como autoridad para sostener y defender la propia postura. Así como los detractores de la homosexualidad se amparan en algunos textos bíblicos, probablemente muchas personas calificarán de irrealizables e ideales a textos como por ejemplo Hechos 2,44, Mateo 6,25-34 o Lucas 12,33s.

De ningún modo se trata de cuestionar la autoridad bíblica, ni de poner en duda la vigencia del canon bíblico. Por el contrario, es reconocer la riqueza de la Biblia en sus múltiples manifestaciones culturales. Pero también se trata de abrir la discusión hacia un campo no exento de conflictos. Si el canon bíblico ha sido cerrado, ¿significa que Dios ya no se manifiesta? Ningún/a cristiano/a convencido/a afirmará que Dios se ha sumido en un silencio absoluto, tanto por experiencias surgidas a partir de su vida espiritual y la oración, como por palabras dichas por Jesús: «He aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28,20b).
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